Tarjetas grises

Tarjetas grises en cuellos negros. Llenos de hollín, deslizándose por el pecho al suelo. Caminan en manada, ecos de risotadas mientras sus cuerpos chocan al unísono unos contra otros, retándose sin coraje en el corazón ni luz en los ojos. Las bravuconadas de insectos ante el dios Hermes.
Una sonrisa de blanco esmalte contrasta con las apagadas voces. Entran en perfecta sincronía a la metálica mandíbula de la factoría, donde venderán vida por dinero. ¿Cuánto por cuarto y mitad de alma?

Mugen, balan, berrean. En sus gastados puestos de trabajo pulsan sus grasientas teclas mientras sus ojos se borran. En catarata permanente, no pueden ver más allá de las chillonas pantallas. Unos LEDs decrépitos inundan sus difuntas coronillas. Huele al hedor de camisas sudadas sin lavar, de corbatas manchadas de café inmundo, de alegría derramada y aplastada contra el suelo.
Detrás del constante murmullo y ruido, vacío. Mentes carcasa, trepanadas, babeantes. La zanahoria es de piedra, pero intentan alcanzarla noche tras tarde tras mañana tras madrugada. Fusionando las 24 horas en el horror de un grito sordo en su nuca y sus llagados dedos.

El recurso 1.546 habla mal del recurso 1.023. Va demasiadas veces al servicio. Recurso-rata. El recurso 657 se levanta para hablar con alguien. Recurso femenino, 1 entre 300. Los recursos del 436 al 983 establecen una mente colmena y giran sus mugrientas cabezas para procesar, masticar y escupir. El recurso 657 termina consumido mientras el resto vuelve a su trabajo. Recursos-trogloditas. El recurso 5 vomita órdenes sobre las cabezas de los recursos 1.583 al 1.593. Cree brillar, pero no es más que el resplandor de la orina con el que ha ido marcando parte de la planta. Recurso-esclavista-esclavo.

La factoría exuda polvo, retales de ropa ajada, lustrosos zapatos de cuero humano. Congela y expande el tiempo, anuda gargantas, aprieta esternones. Succiona y defeca, asfixia y golpea. Martillo en mano, clava oxidados individuos al suelo con una cadencia a la par humillante y demencial.

La factoría arde, se destruye y se reconstruye sobre huesos rotos y voluntades quebradas.
La factoría permanece.
La factoría es eterna.

La masa se ofrece, se sacrifica, muere desdibujada entre rostros uniformes.
La masa desaparece.
La masa es efímera.

Un relato de Roberto Sierra Martínez

Compartir artículo

Share on whatsapp
Share on facebook
Share on twitter
Share on email
Babia

Volver

Y ver el mismo paseo, la misma playa, las mismas rocas.  Ver de nuevo a las señoras nadando a braza en la playa sin olas,

Ver entrada
Cine

Donde nadan los tiburones

¿Cómo funciona un festival internacional de series? El caso de Conecta Fiction En las calles de Pamplona, entre pintxos y copas de vino, se gestan

Ver entrada

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *