Todos tenemos nuestros discos fetiche -también Chandler-, pero tenemos que saber identificar lo que pertenece a la esfera del gusto personal. Recuperado de

Sobre el canon en la música

«No hay música buena o mala, a cada uno le gusta lo que le gusta». ¿Cuántas veces hemos escuchado este argumento en alguna conversación sobre música? Seguramente, decenas. Y, tal vez por educación, tal vez por pereza, lo dejamos pasar y no entramos a discutir un argumento que, por muy falaz que sea, no siempre sabemos desmontar. Yo sí creo que hay música buena y música mala, mejor y peor, y voy a tratar de argumentar mi postura.

En primer lugar, creo que tenemos que hacer una primera distinción básica, y es que en ese argumento se mezclan dos esferas: una cosa es la calidad de la música, y otra son mis/tus gustos, filias y fobias personales. Podemos hablar de ambas cosas, a la vez o por separado, pero tenemos que ser conscientes de que nos movemos en terrenos diferentes, y mi primer consejo para todo melómano es que aprenda lo antes posible a identificar ambas esferas y evitar, en la medida de lo posible, mezclarlas. Cuando alguien esgrime el argumento buenista antes citado, suele ser porque no distingue ambas esferas: cuando se habla de la calidad de la música que le gusta o que odia, esa persona siente que estás ensalzando o atacando –según tu postura– sus gustos personales. Nada más lejos de la realidad.

Pondré un ejemplo: mi grupo de rock favorito es The Last Shadow Puppets. Pero sé que eso pertenece al terreno de mi gusto personal, y jamás se me ocurriría identificar mi grupo favorito con el grupo de más calidad, para concluir que The Last Shadow Puppets es el mejor grupo de la historia de la música popular. Eso sí, tampoco voy a evitar el debate porque niegue que podamos discutir sobre cuál es el mejor grupo; también tengo mi opinión sobre ello: seguramente –no me matéis–, me debatiría entre Pink Floyd, los Beach Boys o Radiohead. Son esferas diferenciadas; en una, no hay discusión que valga, porque mi grupo favorito es una cuestión subjetiva,  pero en la otra esfera se puede plantear una discusión riquísima, constructiva e interminable. Sin embargo, con el argumento buenista en la mano, esa discusión nunca puede darse, porque las esferas se mezclan y llegamos a un callejón sin salida.

Dicho esto, tampoco queremos ser maniqueos: es evidente que hay cierta dinámica de vasos comunicantes entre ambas esferas. Mi elección de un grupo como «el mejor» también está influido porque me guste subjetivamente ese grupo; y, a la inversa, cuanto más sepa sobre los criterios objetivos de la música y su historia, más refinada será la música que escucho, y lo será mi elección de un grupo favorito. Pero, aunque haya influencia, lo que nunca podemos permitir es que haya identificación.

Todos tenemos nuestros discos fetiche -también Chandler-, pero tenemos que saber identificar lo que pertenece a la esfera del gusto personal. Recuperado de
Todos tenemos nuestros discos fetiche -también Chandler-, pero tenemos que saber identificar lo que pertenece a la esfera del gusto personal. Recuperado de este enlace

 

Aclarado esto, tocaría hacer otra afirmación; una afirmación que, sorprendentemente, puede llegar a considerarse hoy ofensiva, elitista y no sé cuántas cosas terribles más. Dicha afirmación es la siguiente: existe una gradación cualitativa en la música; o, dicho en cristiano, hay música mejor y música peor. Evidentemente, hay ciertos criterios objetivos que hacen que una pieza musical sea más o menos notable. Estos criterios son convenciones, sí; pero el paso de los siglos y el contacto entre culturas nos revela que existen estructuras análogas que se repiten. Aunque de una época a otra cambien los gustos concretos y haya innovaciones, lo que entendemos como música permanece invariable. Como siempre, ha habido inconformistas que han tratado de romper los moldes –quién sabe si como única vía para la inmortalidad–, pero sus propuestas nunca han pasado de mera curiosidad.

Si nuestros amigos del «esa es tu opinión» continúan con su huida hacia delante, no podrán más que llegar a la relativista conclusión de que no existe la música, o que todo es música, pues cualquier límite se les revelará como una imposición arbitraria. Pero entonces, ¿a qué están dedicando su vida tantos musicólogos y compositores a lo largo y ancho del mundo? Si no existen ciertos criterios y convenciones objetivables, ¿de qué van a discutir, qué van a investigar, sobre qué van a polemizar? Con el argumento buenista en la mano, Beethoven y Debussy se sentarían –anacrónicamente– a tomar un café, y acabarían repitiendo ad aeternum: «Bueno tío, eso es lo que te gusta a ti». No sé vosotros, pero yo no me sentaría a escuchar esa conversación.

Evidentemente, nadie que le haya dedicado unas cuantas horas a pensar sobre el tema llegará a la conclusión de que ese argumento puede tener validez más allá de la esfera de las filias y las fobias. El problema es que, cuando no nos damos cuenta de que estamos en ese terreno, nunca podemos mirar más allá para ver el inmenso campo de saber que se extiende más allá de la ceguera de mi propia limitación. Porque, cuando nos damos cuenta de que hay música más allá del «me gusta» o «no me gusta», estamos listos para embarcarnos en un viaje maravilloso: el viaje en el que los demás, aquellos que también tienen sus filias y sus fobias, pero que además saben apreciar la calidad y los méritos de una pieza musical –les guste o no–, pueden enseñarnos a apreciar cosas que jamás habríamos escuchado. Porque, desgraciadamente, el argumento buenista tiene otra cara de la moneda: si todo se divide en «me gusta» o «no me gusta», y yo ya sé lo que me gusta, ¿para qué voy a perder el tiempo escuchando algo que, de primeras, me resulta extraño o complicado?

Arcade Fire tocando con su ídolo, David Bowie. Recuperado de
Arcade Fire tocando con su ídolo, David Bowie. Recuperado de este enlace.

Y así es como llegamos a la noción de canon. Es este un término que, desgraciadamente, ha sufrido una burda simplificación por parte de la exégesis de corte postmodernista. Para ellos, el canon vendría a ser una suerte de lista cerrada configurada por los poderosos (¿Quiénes son? Nadie lo sabe) en base a unos criterios exclusivistas. Parece que la nueva obsesión de esta crítica postmodernista es cambiar los criterios para hacer una nueva lista cerrada, pero que esta vez destilará bondad.

Parafraseando a mi admirado Antonio Escohotado (Q.E.P.D.), la distancia que va entre el canon que piensan estos críticos y el canon real es la distancia entre lo simple y lo complejo. Porque el canon no es una lista cerrada definida desde arriba. El canon no tiene por qué ser fijo: es orgánico, vivo, mutable. El canon recoge todo aquello que ha superado el paso del tiempo y se ha constituido en un punto clave de influencia para los nuevos creadores. Lo que convierte a los Beatles o a Marvin Gaye en canon no es que lo diga este crítico o aquel; es que miles de nuevos artistas son incapaces de escapar a su influencia, y acaban volviendo a ellos como fuente de inspiración. Eso es el canon: es una idea simple que simboliza una complejísima red de intercambios e influencias y, de alguna manera, muestra que hay cierto sentido holístico.

Lo que nos muestra el canon (o los cánones, porque cada canon contiene en sí otros cánones) es que, intervengamos o no, la creación cultural tiende a una estructura piramidal. Y lo que se sitúa en la cúspide de la pirámide nunca lo hace por criterios aleatorios de gusto personal: es aquello que siempre sorprende, incluso a aquel que vive por y para la música. Hay algo en esos artistas que supera el paso del tiempo, los cambios en el sistema de producción, los gustos radiofónicos: la calidad musical, definida por parámetros muy variados, pero en los que Bowie o Amy Winehouse siempre acaban revelándose como excelsos.

Antes de revolucionar la electrónica, Daft Punk empezó como un grupo tributo de los Beach Boys. En su tema Teachers, comparten su canon particular, mencionando, cómo no, a Brian Wilson.
Antes de revolucionar la electrónica, Daft Punk empezó como un grupo tributo de los Beach Boys. En su tema Teachers, comparten su canon particular, mencionando, cómo no, a Brian Wilson. Recuperado de este enlace.

 

Por lo tanto, la próxima vez que vayas a defender que Estopa o Sebastián Yatra no son mejores ni peores que Mecano o que los Rolling Stones, pregúntate si no estarás en la esfera del gusto personal. Si te paras dos segundos a pensarlo, es bastante probable que al propio Melendi se le subieran los colores si tratase de defender que es tan bueno como Freddie Mercury. O quizá se echaría a reír. Entonces, ¿por qué lo defiendes tú?

Seamos conscientes de nuestras limitaciones, y no nos escondamos en ellas. Yo aquí he hablado de música popular, y sé que alguno pensará: ¿y qué pasa con la música clásica? Evidentemente, yo sé que Bach o Brahms son mejores músicos que Alex Turner. Y sé que no sé apreciarlo, y me da pena, y me da un motivo para seguir educando mi gusto. Lo que jamás se me ocurriría sería decir es: «Bueno, a mí es que me gustan los Arctic Monkeys, ¿por qué va a ser mejor Tchaikovsky?». Claro que lo es. Tchaikovsky es mejor que los Arctic Monkeys, pero a mí me gusta más escuchar Do I Wanna Know. No obstante, quizá algún día, cuando sea más sabio y mejor oyente, no podré entender mi vida sin El lago de los cisnes. Estoy abierto a ello, porque no me voy a cerrar en mis filias y mis fobias. Y aceptar esto no es un ejercicio de elitismo o vanidad; al contrario, requiere mucha humildad aceptar que tus gustos personales importan un carajo.

Quico Enrile

Quico Enrile

La (buena) música es la forma de arte más irracional, trascendental y mística que existe. Escribir sobre la música que nos conmueve es poner ante los ojos de nuestro lector una de las partes más íntimas de nuestro ser. Y espero que esa sea la tonalidad sobre la que compongamos todos los relatos de esta sección: honestidad para hablar, desde el corazón, de lo que nos apasiona.

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Música

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En nuestro destino, estaba escrito que haríamos música juntos». Esta es la explicación que encuentra Yoshimitsu4432 para un fenómeno maravilloso: toneladas de gigabytes que recorren,

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