nietzsche homo novus

Por qué nunca veo videoclips

El mundo dionisiaco, sin ninguna imagen, es total y únicamente dolor primordial y eco primordial de tal dolor. El genio lírico siente brotar del estado místico de autoalienación y unidad un mundo de imágenes y símbolos cuyo colorido, causalidad y velocidad son totalmente distintos del mundo del escultor y del poeta épico. […] las imágenes del lírico no son, en cambio, otra cosa que él mismo, y sólo distintas objetivaciones suyas, por así decirlo, por lo cual a él, en cuanto centro motor de aquel mundo, le es lícito decir “yo”: sólo que esta yoidad no es la misma que la del hombre despierto, empírico-real, sino la única yoidad verdaderamente existente y eterna, que reposa en el fondo de las cosas, hasta el cual penetra con su mirada el genio lírico a través de las copias de aquéllas. (Nietzsche, 2015, pp. 77,78).

Estas palabras fueron escritas por Friedrich Nietzsche en El nacimiento de la tragedia, la obra con la que se dio a conocer ante el mundo filosófico. Nietzsche, que fue profesor de Filología Clásica, reflexionaba en esta obra sobre la tragedia griega, basando sus tesis en las nociones de lo apolíneo y lo dionisiaco, conceptos que pasarían a la historia de la Filosofía.

Sin embargo, el texto de Nietzsche trasciende la reflexión sobre la tragedia griega, y arroja ideas muy interesantes acerca de la música y su proceso creativo. Como dice el filósofo, la música y la poesía, entendidas como las formas supremas de creación del genio dionisiaco, se fundamentan en imágenes y símbolos que no participan de las cualidades del mundo físico real. Y es por ello que Nietzsche las separa de disciplinas artísticas como la escultura o la literatura, que basan su poder en la verosimilitud y el realismo.

[Para quien no lo sepa, el propio Nietzsche fue músico. Y, además, tuvo una estrechísima amistad con el músico más importante de su tiempo, Wagner; una amistad rota más adelante por la conversión al catolicismo del compositor.]
Para quien no lo sepa, el propio Nietzsche fue músico. Y, además, tuvo una estrechísima amistad con el músico más importante de su tiempo, Wagner; una amistad rota más adelante por la conversión al catolicismo del compositor. Foto: Richard Wagner, recuperado de este enlace.
Más de un siglo después de la muerte de Nietzsche, el panorama de la música ha cambiado mucho. Las grandes óperas de Wagner, y las de sus menos conocidos herederos contemporáneos, han quedado relegadas a círculos selectos y muy alejados del interés del público general. El desarrollo tecnológico ha catapultado el fenómeno de la música popular, de forma que los genios musicales de nuestros días no han compuesto Tannhäuser o Sigfrido, sino OK Computer o The Dark Side of the Moon.

Sin embargo, hay aspectos de la creación musical que permanecen. El músico sigue estando asociado a la imagen del genio dionisiaco, y sus creaciones son capaces de crear ese estado de alienación colectiva del que hablaba Nietzsche: quién no siente cómo su “yo” se funde en un “todo” cuando, en un estadio con 50.000 personas, suena ese riff de guitarra legendario que todas las voces corean al unísono.

Pero, en todo este proceso, si hay algo que a Nietzsche le extrañaría por encima de todo es el fenómeno del videoclip. El cine, como la literatura o la escultura, parte de una mímesis, una búsqueda de la verosimilitud a través de la imitación de las formas de la realidad (aunque siempre hay algún David Lynch dispuesto a intentar lo contrario, claro). Su esencia es la opuesta a la creación musical dionisiaca, y es por ello que el matrimonio música-cine que se da en el videoclip es extraño.

Volviendo a las palabras iniciales de Nietzsche, la música surge de un estado místico en el que las formas se separan de su realidad lógica. Cuando escuchamos nuestro disco favorito con los ojos cerrados, lo que sucede en nuestra mente no sigue las leyes de la física ni de la lógica. Y, sobre todo, las imágenes que cada canción sugiere a nuestra imaginación son absolutamente nuestras, y, en gran medida, incomunicables. Si yo os intentara explicar por escrito lo que sucede en mi cabeza cada vez que escucho The Great Gig in the Sky , esas palabras apenas contendrían un 10% del significado de lo que verdaderamente querría transmitir.

Videoclip de Do I Wanna Know, uno de los pocos ejemplos que conozco de videoclips que recrean un universo alejado de las normas de la lógica y coherente con la música (en parte, gracias a que es animación). Origen: Youtube.
Videoclip de Do I Wanna Know, uno de los pocos ejemplos que conozco de videoclips que recrean un universo alejado de las normas de la lógica y coherente con la música (en parte, gracias a que es animación).

Es por ello que el videoclip es un ataque a la esencia misma de la música: otra persona, que ni siquiera es el artista, nos impone las imágenes que la música sugiere en su imaginación, condicionando las que esa misma música generará en la nuestra. Y eso, en un estado ideal en el que realmente el videoclip traduzca la imaginación de su creador: en realidad, las decisiones están condicionadas por mil factores, desde los códigos sociales y morales, hasta el presupuesto o las posibilidades de producción.

En resumen, el videoclip es un obstáculo para la relación directa -y, en cierto sentido, mística- que se produce entre el músico y su oyente. Racionaliza lo que está más allá de lo explicable, e impone las leyes de la lógica y la física como cadenas que esclavizan el potencial estético de la música. Es por eso que yo jamás veo videoclips: prefiero las imágenes que mi mente es capaz de producir en torno a una buena canción. Y creo que Nietzsche habría hecho lo mismo.

Bibliografía
Nietzsche, F. (2015). El nacimiento de la tragedia. Alianza Editorial.

Imágen de portada: Friedrich Nietzsche. Recuperado de este enlace.

Quico Enrile

Quico Enrile

La (buena) música es la forma de arte más irracional, trascendental y mística que existe. Escribir sobre la música que nos conmueve es poner ante los ojos de nuestro lector una de las partes más íntimas de nuestro ser. Y espero que esa sea la tonalidad sobre la que compongamos todos los relatos de esta sección: honestidad para hablar, desde el corazón, de lo que nos apasiona.

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