Metamorfosis

Lo primero que noté fue cómo el calor abandonaba mi cuerpo. No era una corriente helada y repentina; era la rendición de la sangre. El pulso se volvió débil, mis manos se curvaron como las garras de un pequeño gorrión huérfano muerto de frío en algún rincón, y prometo que sentí cómo mi sangre se volvía densa dentro de las arterias y las venas, hasta detenerse. Caí desplomada. Tenía los ojos cerrados, pero sabía que no había nadie que pudiera ayudarme. Que no habría nadie. Qué forma más absurda de morir, pensé entonces. “Muerta de frío en pleno junio”. O, mejor aún: “muerta por densidad sanguínea”. Pero no morí. O eso creo.
La rigidez comenzó a invadir mis miembros, y temí que, como en un cuento de Márquez, tuvieran que decir a mi madre: “Señora, su hija tiene una enfermedad grave: está muerta”, y me pusieran en un ataúd en mi casa y me midieran todas las semanas para comprobar que no estuviera muerta del todo, como aquel joven del cuento. Aunque a quién pretendía engañar, llevaba por lo menos diez años sin crecer, así que me enterrarían viva a medias. Quizá fuera porque no me latía el corazón y no tenía suficiente riego, pero la siguiente hipótesis más factible en la que pensé no fue en una enfermedad súbita, sino en una metamorfosis ovidiana. Tenía que haber una probabilidad, aunque fuera mínima, de que existiera algún tipo de divinidad; tenía que haber una probabilidad dentro de esta probabilidad de que la hubiera enfurecido con alguno de mis actos impíos -una probabilidad bastante alta como atea convencida- y tenía que haber una probabilidad dentro de esta probabilidad de que esta divinidad quisiera vengarse transformándome en algo. ¿Una enredadera? Si iba a convertirme en una planta desde luego deseaba ser una enredadera. Pero no. Mi parte inferior estaba demasiado rígida, demasiado dura. ¿Una fuente? ¿Una columna? ¿Un sepulcro? Pronto me di cuenta del siguiente cambio: el color negro se iba extendiendo por mi piel amoratada. ¿Un escarabajo? Demasiado kafkiano. No, supe que me estaba convirtiendo en piedra.
Y, de alguna extraña manera, eso supuso un alivio. Me consoló enormemente saber que me transformaría en piedra, que no tendría pulso, ni aliento. Invulnerable, inerte, a salvo. Descarté inmediatamente la teoría de la divinidad, y supe que el responsable era mi cuerpo, aliado con mi mente, en un golpe maestro que con toda seguridad llevaban preparando años. Mi cuerpo se convirtió en obsidiana, y mi respiración de basalto me recordaba que antes fui de carne. De forma ingenua – como siempre, por otra parte- pensé que sería el final, lapidada por mí misma, emparedada por mi propio cuerpo, una conciencia en un cadáver de piedra hasta… Bueno, no lo podía saber. ¿Podría una piedra morir de vieja? ¿Alguien me recogería del suelo o estaría condenada a ver la sucesión de los días y las noches sin pena ni gloria? Quizá no sería tan malo… Pero me equivocaba, de nuevo. La piedra comenzó a resquebrajarse, y en su lugar apareció una capa de cristal. No se trataba de un cristal delicado, sino de un cristal grueso, pesado, aislante. Me aplastaba, pero no podía sentir el suelo. Algo cambió por dentro. Me sentía… Vaciada. Como si alguna artesana sumamente hábil me hubiera desbastado por fuera… Y por dentro. Hasta que todo fue aire, fue blanco. Cerré los ojos muy fuerte. El blanco anestesiaba mis miembros y mi mente y me dejaba en una especie de comunión conmigo misma, en la asepsia absoluta. Y fue en ese momento cuando encima del cristal me nació piel, era mi antigua piel, pero era otra. Cuando me cubrió todo el cuerpo comencé a recuperar el movimiento, y en unos minutos, aturdida, pude ponerme de pie.
Supongo que mucha gente piensa que fue un sueño, o que simplemente me lo invento, pero ocurrió tal y como te lo cuento. Así que si te preguntas por qué no soy capaz de quererte, por qué no lloro cuando pones El Rey León o por qué ya no me conmueven los amaneceres en la montaña, ya lo sabes: por dentro soy de cristal.

Paula Sánchez

Paula Sánchez

Me encargo de la sección de creación artística de Homo novus, Babia, porque es donde suelo estar. Dicen que escribimos porque nos falta algo, así que este puede ser un buen espacio donde tratar de encontrarlo o, en su defecto, darnos la mano en esa ausencia. ¡Anímate!

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