Portada de For Emma, Forever Ago

Justin, los lobos y la catarsis

Noviembre de 2006. Un joven músico frustrado de Wisconsin, con el cuerpo destrozado, la mente trastocada y el corazón roto, decide empaquetar sus cosas y abandonar su asquerosa vida para aislarse en la cabaña de caza de su padre, en la zona más septentrional de los Estados Unidos. Aquejado de mononucleosis y neumonía, el joven sobrevive cazando su propia comida.

Los días, fríos y monótonos, le obligan a mirar dentro de sí. Y, poco a poco, comienza a componer y grabar. He aquí la génesis del que quizá sea el mejor disco que ha dado la música popular contemporánea sobre el dolor y su superación. El disco se llama For Emma, Forever Ago, y nuestro protagonista se llama Justin, Justin Vernon. Aunque, quizá, le conocéis mejor por el nombre del proyecto que comenzó con este viaje al frío invierno de Wisconsin: Bon Iver.

Entre todas las canciones del álbum, hay una que, con el paso del tiempo, ha ido ganando peso en mi personal canon musical. Lo que me ha ocurrido con esta canción es algo que sucede con escasa frecuencia y que suele provocar un sentimiento de asombro difícil de describir: pasó relativamente desapercibida para mí en mis primeras escuchas del álbum, relegada a un segundo escalón por el impacto de temas como Flume, Skinny Love o For Emma.

Sin embargo, con las sucesivas escuchas, se ha ido convirtiendo en uno de mis temas favoritos; no de la discografía de Bon Iver, sino de toda mi biblioteca musical. El tema del que estoy hablando es The Wolves (Acts I & II).

Ahora es cuando, querido lector, te voy a pedir una participación activa. Quiero que abras te fijes en el minuto 40:40 del concierto de Bon Iver en el festival de Glastonbury de 2009 

Por mucho que Justin Vernon diese a conocer The Wolves al mundo como una canción de estudio, enmarcada en un álbum, aquí es donde el tema se convierte en algo autónomo y, por lo tanto, adquiere su sentido y cumple su propósito: The Wolves (Acts I & II) es una experiencia religiosa. Quizá convenga anotar que, en su juventud, Justin se graduó en la Universidad en Estudios Religiosos. Y, con este tema, el estudioso se convirtió en sacerdote.

Si estás en el 40:40, verás que los músicos se están dirigiendo al público para pedirles su participación activa. La primera parte de la canción, lo que está codificado en el título como Act I, es una composición de una bellísima sutileza, que habla del dolor que siente Justin, encarnado en unos metafóricos lobos que le acechan en la noche solitaria (y aquí vuelve a nosotros la imagen de la cabaña en medio de la nieve). Aquí, el público simplemente escucha la liturgia en silencio, asimilando el dolor.

DeYarmond Edison, el grupo que formó Vernon en sus años como estudiante (fuente: Discogs)
DeYarmond Edison, el grupo que formó Vernon en sus años como estudiante (fuente: Discogs)

Y, entonces, la canción entra en el Act II. Ahora es cuando los músicos requieren de la participación del público, que canta, cual coro de capilla, la melodía que vertebra esta segunda parte: What might have been lost (Aquello que pudo haberse perdido). La guitarra de Justin los acompaña y, después de que el público repita cuatro veces el estribillo, él se incorpora con la frase que completa el sentido de la canción: Don’t bother me (No me molesta).

Los instrumentos y las voces del público van progresivamente aumentando el volumen y, cuando alcanzan un punto álgido, Justin pide que todos estallen en un grito. Ese grito, irracional y rabioso, es la purificación del dolor. La catarsis, en clave aristotélica, que los músicos y el público han experimentado al rebelarse contra los lobos que acechan. El punto álgido de una ceremonia religiosa, una expresión espiritual compartida que tiene como oficiante a Justin.

Aquello que pudo haberse perdido, no me molesta. «Los sueños, los amores, los proyectos que pudieron haber sido y no fueron, han dejado de atormentarme», podríamos interpretar, a modo de exégesis.

En esta idea se condensa el sentido de lo que Justin aprendió, en el invierno de 2006, en una cabaña perdida en la nieve de Wisconsin. En estas ocho palabras, está contenido todo un proceso de maduración, y toda una filosofía sobre el dolor y su superación. Por eso, The Wolves (Act I & II) es la canción clave de For Emma, Forever Ago, porque resume el camino interno que Justin tuvo que atravesar para reconocer su dolor, enfrentarse a él, y purificarlo.

Imágen de Portada de For Emma, Forever Ago

Quico Enrile

Quico Enrile

La (buena) música es la forma de arte más irracional, trascendental y mística que existe. Escribir sobre la música que nos conmueve es poner ante los ojos de nuestro lector una de las partes más íntimas de nuestro ser. Y espero que esa sea la tonalidad sobre la que compongamos todos los relatos de esta sección: honestidad para hablar, desde el corazón, de lo que nos apasiona.

Compartir artículo

Share on whatsapp
Share on facebook
Share on twitter
Share on email
teatro homo novus
Artes escénicas

Los hijos de cualquiera

¿Qué es lo que sentimos por nuestros hijos? ¿Alguna vez te has planteado qué es lo que estarías dispuesto a hacer por ellos? Tengas hijos

Ver entrada
Arte pictórico

El retorno de la llama

Magritte pinta este recuerdo de su infancia hacia 1943, ya con 45 años (Ilustración de portada). Y aún en toda la distancia que separa ambos

Ver entrada

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *