Hablemos de lo inefable

Yo tendría unos catorce o quince años. Recuerdo que estábamos charlando en el salón de casa de mi tía Lourdes, probablemente después de alguna merienda de cumpleaños, tradición familiar inamovible. Fue entonces cuando mi primo Pedro, 11 años mayor que yo, soltó aquella frase: “Yo creo que podría vivir sin música. Sin ningún problema”.

No recuerdo en qué contexto lo dijo, ni en respuesta a qué. Sólo sé que lo dijo, y yo me quedé atónito. Por aquel entonces, yo estaba descubriendo mi pasión por los primeros grupos y artistas que realmente me marcaron (posiblemente, eso sucedió en mi época Coldplay), y pensaba que la mía era una experiencia universal. Fue entonces cuando empecé a comprender que, para la mayoría de la gente, la música no era más que un entretenimiento superficial. Aquél fue un descubrimiento doloroso. 

Casi diez años después de aquella merienda, esa frase sigue marcada en mi memoria. De entre todos los buenos recuerdos que tengo en aquel salón, y de entre todos los buenos recuerdos que tengo con mi primo Pedro, ninguno eclipsa aquella frase. Probablemente, la dijo casi en broma, sin pensarla mucho. Pero, para mí, aquella frase fue la mayor blasfemia jamás pronunciada.

Casi diez años después de aquella merienda, creo que podría contar con los dedos de una mano las cosas que he hecho todos y cada uno de los días que han transcurrido desde entonces: dormir, comer, respirar… y escuchar música. Sencillamente, me parece inconcebible que transcurra un día sin darle al play en Spotify, sin colocar un vinilo en mi tocadiscos, o sin ver la grabación de un concierto en directo en YouTube.

Y si alguien me preguntase por qué lo hago, creo que no podría dar una respuesta concreta. En la música se da una curiosa paradoja: siendo la disciplina artística más matemática y lógica que existe, es a la vez la que nos genera una experiencia más irracional y subjetiva. Y es por ello que sería inútil que intentase explicaros las razones por las que escucho música: ni siquiera yo mismo sé por qué empecé a escuchar música, y no puedo convenceros de que lo hagáis; lo único que puedo hacer es hablaros de aquel disco que escuché caminando bajo la lluvia -sintiéndome como un actor, que diría Bowie-, y confiar en que entre a formar parte de vuestro universo personal, de la banda sonora de vuestra vida.

Ziggy Stardust
Ziggy Stardust and the Spiders from Mars (David Bowie, 1973). Obtenido de este enlace.

Es con esta intención que he aceptado la propuesta de escribir en Homo novus: para enfrentarme a la paradoja de hablar de lo que no se puede hablar, para compartir lo que sólo yo puedo experimentar, para racionalizar lo que es tan irracional que desborda el propio sentido de las palabras.

Con este espíritu, os invito a que participéis de esta experiencia, a que compartáis aquello que es vuestro, a que hagamos de esta sección un punto de encuentro entre individuos que descubren que hay algo que los conecta en un plano más allá de lo racional.

Pocas experiencias hay más reconfortantes que descubrir que uno no está solo en el universo, que alguien ha sentido ya lo mismo que uno está sintiendo, y que incluso existen individuos excepcionales que son capaces de convertir esos sentimientos y experiencias en belleza. La música, la más matemática de las artes, es profundamente mística. Y espero que la sección de Música de Homo novus sea una especie de templo. El templo de los que no podemos vivir sin música, aunque no sepamos por qué.

Foto de portada: Monje frente al mar (Der Mönch am Meer, Caspar David Friedrich, 1808-1810). Obtenido de este enlace

Quico Enrile

Quico Enrile

La (buena) música es la forma de arte más irracional, trascendental y mística que existe. Escribir sobre la música que nos conmueve es poner ante los ojos de nuestro lector una de las partes más íntimas de nuestro ser. Y espero que esa sea la tonalidad sobre la que compongamos todos los relatos de esta sección: honestidad para hablar, desde el corazón, de lo que nos apasiona.

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