En hombros de gigantes: Sebastião Salgado

Los años extraordinarios son, por definición, los mejores. Todos los artistas manifiestan sus grandes obras a lo largo de una década. Una década en la que alcanzan el cenit dentro de su estilo, en la que converge su mirada y resaltan sus mejores trabajos. Sin embargo, esta es otra teoría más aplastada por Sebastião Salgado, quien es, a prueba de juicio, uno de los mejores fotógrafos vivos sobre la faz de la tierra. El brasileño parece un escritor de Mr Wonderful, porque aparenta no haber fallado en ningún proyecto y, si lo ha hecho, todavía no lo sabemos. 

El trabajo de Salgado es como el de un ángel que se acerca a observar al ser humano: capta sin descanso y sin juicio la pureza que ejecuta nuestros actos. La pureza en el mejor y en el peor de los sentidos, conductor del mal y la desgracia. También es capaz de restaurar el equilibrio viviendo bajo el manto de la naturaleza. Salgado ha retratado a personas por todos los continentes durante casi 40 años. Ha dedicado toda su vida a poner el ojo en lugares que ni imaginábamos que existirían.

Personalmente, creo que la calidad de Salgado no solo está delante de las fotos. Intuyo que debajo de esa calva hay mucha habilidad para saber moverse por diferentes escenarios y sistemas de defensa, inofensivos para todos aquellos a quienes roba el alma en cada instantánea. Sin embargo, sorprende que, tras trabajos tan duros en los que observa y retrata los rastros de la hambruna y de la guerra, Salgado vuelva una y otra vez a esos espacios, que al fin y al cabo acaba encontrando cada vez que viaja.

La cámara sirve para alejarse, es una de esas características que conforman al fotógrafo; se construye una muralla entre lo que se fotografía y lo que se siente, como un ejercicio de relajación. Sin embargo, sorprende la fortaleza de Salgado, que ha visto el dolor desde todos sus rostros y ha seguido volviendo. Pienso que hay escenarios de su vida en los que, tras cuarenta años, él ha debido de ser el único superviviente. Me pregunto cómo lidiará con esa pérdida, cómo afronta su vida, perdiendo un trozo de su alma en cada uno de sus viajes.

A día de hoy se encuentra retirado y aprendiendo a vivir con ese vacío, impregnado en gran parte de su vida; aprendiendo que el ser humano, igual que la sal en la tierra, puede ser el agua en medio del desierto; que las capacidades de destruir, tan humanas, también se pueden emplear para construir, y no me refiero a inmensas ciudades. Sebastião Salgado se ha consagrado como uno de los mejores fotoperiodistas durante 30 años. Sin embargo, con un giro copernicano, en los 2000 comenzó a escribir una carta de amor a la naturaleza que terminó en 2013: Génesis. No olvidó el dolor, pero si lo canalizó en proyectos como este.

Tras su descanso, Sebastião ha iniciado un proyecto abismal para restaurar toda la fauna posible en su tierra natal. Unas propiedades en Minas Gerais fueron el comienzo de lo que sería el Instituto Tierra de restauración. Tras diez años, los avances son evidentes: de unas tierras desérticas a frondosos bosques. Es increíble el poder del ser humano, ya sea para destruir o para crear, y creo que Salgado es el perfecto testigo y fotógrafo de esta cualidad.

Jorge Vega

Jorge Vega

Desde pequeño hacía cortometrajes con mi hermano, desde el desinterés, sin pensar demasiado. Él se ocupaba de todo y yo agarraba la camarita. Años después he de decir que mi hermano se ha convertido en director y es un figura, yo aquí sigo sujetando la camarita. Pero tiene su belleza, captar la realidad. Encerrarla para siempre y analizar todos sus detalles, es realmente hermoso y ojalá sea capaz de transmitírtelo.

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