Ecos del alma

Sollozos nocturnos eclipsan el horizonte, son sonidos arcaicos que traen recuerdos del ayer, donde el sufrimiento solo perseguía destruir. Falsos momentos de magia envolvían las calles por donde pasaban las memorias, y es que eran ecos de su voz, antigua y perdida entre los gigantes cúmulos de personas. 

Perdiste el rostro de la verdad, que estaba envuelto en un manto de inexpugnable miseria, y quisiste reconstruir la vida dejando de base el oscuro misterio de la muerte, que empaña los cristales de la infinita torre desde la que observas el amanecer. Se vuelve tétrico el final, pues has oído historias de interminable miedo, donde todo dolía y era inestable. Como un sonoro rugido que vaga entre el mar eterno de la existencia caminas entre los inmensos edificios de la civilización, que solo recuerdan la individual vida que persiste en nosotros, llena de soledad y vacío. Y es que solo somos manchas de tinta en una hoja que nunca estuvo terminada, como pequeños sueños que conviven en tu mente cuando anochece, y que se desvanecen al entrar el sol en tus ojos. Tenues notas de felicidad caen de ellos, pues transportan esperanza a la más oscura de las sinfonías y evitan que el mundo rompa la frágil mirada de aquellos curiosos que aún buscan la luz en una densa marea de desesperación. Mueren rápido y sufren, pues se pierden siempre en el pensamiento de ser, y acaban cayendo a la nada que la humanidad heredó por sus propios y crueles sentimientos. Son débiles los restos del agua que gotea entre las grietas de aquella cárcel teñida de cristal, pero aun así intentan sobrevivir persiguiendo ese dulce sabor.

Se condenaron hace eones a la eterna búsqueda del equilibrio, y aún caminan sin rumbo por todos los rincones existentes en el mundo, exhaustos de la agonía que aprieta sus gargantas y golpea desesperadamente sus corazones, incluso ahoga sus estómagos, impidiéndoles si quiera poder olvidar que sufren, y que viven para ello. Pero continúan vagando, pues su magnífica mirada aún no ha muerto, y alzan los ojos enfrentando las espinas que el mundo deja en sus cuerpos, impasibles a cada grano que cae en el inmenso reloj de arena que dicta su mortalidad. Sienten el aire en su alma y la magia en sus manos, pues tejen sin parar las emociones que los salvaguardan del caos, como si cosiesen cada roto de una tela sin fin que, poco a poco, acaba con su hilo, dejándolos vacíos, tanto que comienzan a deshacerse para continuar su eterna tarea de crear. 

Han creado una canción, una nana que les calma cuando la luna brilla en su punto álgido, como si de una preocupada madre se tratase. Está escrita por los pequeños recuerdos que afloran de las mentes agotadas y evoca la incógnita de la vida, siendo difícil encontrar una respuesta a las preguntas más ocultas de nuestra existencia. Pero esta dulce melodía acaricia sus moribundas entrañas, y les devuelve un brillo antiguo como respuesta a sus plegarias, una cálida sensación que envuelve sus cuerpos y deja que el agua de su interior vuelva a fluir con el torrente que conecta toda alma. Sienten así una lejana emoción que los devuelve al principio de los tiempos, donde su ser aún podía volar, y encontrar en lo alto la vida que les es arrebatada día a día por la oscuridad que la humanidad emana. Felices, alzan las alas y con libertad vuelan sin miedo, más allá de la agonía. Y cuando por fin termina la secuencia melódica, vuelven a la tenue realidad que les dejó el pasado, con un nuevo brillo en sus ojos, el de la nostalgia y la esperanza. 

Por un segundo, al abrir los ojos, pueden ver aquella luz que nace de lo más profundo de cada uno de nosotros, y ven entonces que, tras toda esa triste incertidumbre, aún resuenan los ecos del alma, y mientras las voces no se apaguen, aún podrán volver a volar junto a toda la humanidad, siendo por fin libres de las cadenas de rosas que atan sus cuerpos al borde del abismo.

Relato de Jorge Gutiérrez Labajos

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