chica plástico

Chicas plásticas en el desierto

Recorríamos las polvorientas carreteras de algún lugar perdido de Ica. Toda aquella arena habría sido arrastrada por el viento desde las dunas del desierto de Paracas. Nuestra furgoneta avanzaba como un enorme gusano de arena, rebotando a intervalos irregulares con las piedras y los baches de aquella carretera de mala muerte.

Nos quedaban varias horas de viaje hasta llegar a Lima, así que nuestro guía, un japo-peruano llamado Choyi, decidió amenizarnos la travesía con algunos clásicos del pop-rock latinoamericano. Apenas dejaba sonar un minuto de cada tema, y ya estaba cambiando al siguiente, tan entusiasmado estaba de enseñarnos algunos de los temas con los que él habría pasado su infancia y adolescencia. Es ésta una costumbre que me resulta terriblemente molesta: cuando uno pone una canción, debe escucharla desde el primer hasta el último segundo. Pero estábamos todos tan cansados de lanzarnos por las dunas paraqueñas, que ninguno hizo el menor ademán de interrumpir la emoción de Choyi.

Yo miraba por la ventana, agotado y lleno de arena, paseando la mirada por humildes casuchas que emergían de una atmósfera amarilla y cargada. Fue entonces cuando un bajo ochentero a contratiempo me sacó de mis cavilaciones. Aquel sonido, que parecía salido de un tema de R&B yanqui con aroma a disco, no podía sugerir nada más ajeno al escenario que nos rodeaba, tan polvoriento y abandonado.

-Éste es uno de los grandes temas de la historia de la salsa -anunció Choyi-. Es una de mis canciones favoritas.

¿Salsa? Aquello no parecía salsa, en absoluto. Intrigado, dejé que mis oídos siguiesen a aquel bajo, acompañado por violines que arrastraban las notas y voces de un coro más negro que latino. Sólo la repentina aparición de unas congas y unos acordes de piano ascendentes pudieron prepararnos para lo que venía:

Ella era una chica plástica de esas que veo por ahí,

De ésas que cuando se agitan sudan Chanel number three.

Se hizo el silencio en el interior de la furgoneta. Nadie movía un músculo. Aquella voz de acento caribeño seguía cantando palabras que contaban una historia que, de trágica y real, dolía. Choyi debió de malinterpretar aquel súbito desfallecimiento:

-Bueno, quizá prefieren algo más animado. Vamos a cambiar.

Y, al decir eso, cambió de canción. Con horror, giré la cabeza hacia el resto, y vi que ellos hacían lo mismo, todos con el mismo gesto de pánico en el rostro: ¿qué era aquello que acabábamos de escuchar, y cómo podríamos volver a encontrarlo?

Rápidamente, recapitulé mentalmente y rescaté algunos versos de mi memoria reciente. Los escribí en Google: la respuesta me arrojó un título, el título de una canción que luego escucharíamos en bucle durante dos días seguidos en nuestro Airbnb de la Calle Alfredo Benavides, y que luego yo he escuchado decenas de veces.

La canción era Plástico. Aquella voz era la de Rubén Blades. Y la historia, que luego he escuchado tantas veces, es la historia de tres perdedores con apariencia de ganadores: ella, él, y América Latina.

Yo me he enamorado de chicas de plástico. Y he conocido a hombres de plástico. Quizá mis amigos también, y por eso a todos nos llegó al corazón esa disección en carne viva que es la letra de Rubén Blades. Una disección que trata, precisamente, de liberarse de lo superficial, la piel, para llegar al corazón de una América Latina fracturada por las ideologías y el dinero. Por algo es Blades “el intelectual de la salsa”.

Gracias a Plástico -y a la insistencia de algún amigo, he de decir-, he seguido escuchando salsa. Y he llegado a la conclusión de que es el más sofisticado y bello de los géneros de la música popular hispana. Si los norteamericanos presumen del jazz, los latinos tienen aún más motivos para presumir de la salsa, que no es sino la expresión viva del carácter mestizo, colorido y pasional de la América Latina.

Yo la descubrí en una polvorienta carretera en los márgenes de un inmenso desierto, a un océano y un continente de distancia de mi hogar. Y es ésta , precisamente, mi única duda: ¿te estoy haciendo a ti, lector, un favor al descubrirte a Rubén Blades y Plástico? ¿O es mejor que te pierdas en un desierto, para salir de él con un tesoro?

Quico Enrile

Quico Enrile

La (buena) música es la forma de arte más irracional, trascendental y mística que existe. Escribir sobre la música que nos conmueve es poner ante los ojos de nuestro lector una de las partes más íntimas de nuestro ser. Y espero que esa sea la tonalidad sobre la que compongamos todos los relatos de esta sección: honestidad para hablar, desde el corazón, de lo que nos apasiona.

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